17 oct. 2010

La mala conciencia de la burguesía

Ayer domingo 17 de octubre se celebraba el Día Internacional para la erradicación de la pobreza. Fue en 1993 cuando la ONU decidió crear este día para remover las conciencias del mal llamado mundo "desarrollado" sobre un problema que cada vez afecta a más personas, y no sólo en el "Tercer Mundo". En el 2000 se celebró por este motivo una Cumbre, llamada "del Milenio", y se fijaron los objetivos que llevan el mismo nombre. Los gobernantes de 192 países se compremetieron públicamente a eliminar la pobreza en un plazo de 15 años. Estamos en el 2010 y faltan sólo 5 años para que el plazo expire. Lejos de cumplirse tal objetivo, la realidad es tozuda y demuestra que con sólo bonitas palabras no basta, que hace falta algo más que declaraciones vacías de contenido político para terminar con las lacras de un sistema basado en la explotación de seres humanos a cargo de otros seres humanos.

Y es que la burguesía siempre ha tenido mala conciencia, y por algo será. Ya en los siglos XIX y buena parte del XX dejaba en manos de instituciones de caridad sostenidas por su dinero y administradas por la Iglesia la desagradable tarea de dar de comer a los pobres de solemnidad que su actividad explotadora creaba. Dichas instituciones se encargaban de dar asilo a todos aquellos seres humanos que no servían para trabajar en las fábricas o en los campos, o que, simplemente, sobraban porque había demasiados brazos para los niveles de producción existentes.

Por poner un ejemplo, la Casa de la Caritat (imagen 1) funcionó en Barcelona desde mediados del siglo XIV hasta mediados del siglo XX, cuando fue sustituida por las Llars Mundet. Una aparentemente inocente semblanza histórica sobre la institución la describe así:

"La Casa de la Caritat desempeñó funciones de centro de beneficencia y acogió, a lo largo del siglo XIX, actividades productivas muy diversas realizadas por los hospicianos. Estos talleres servían en buena parte para vestir y alimentar a la población asilada y como centro formativo en el que los chicos se incorporaban como aprendices para, una vez fura de la institución, buscar colocación según el oficio aprendido."



En realidad, se trataba del mismo modelo de workhouse (imagen 2, nótese la semejanza con la anterior) que imperaba en la Inglaterra decimonónica, a la que iban a parar los trabajadores expulsados por los "progresos" de la industrialización, y en la que vivían y trabajaban en condiciones de semiesclavitud. Charles Dickens describió lo espantoso que representaba vivir en una de estas "casas de trabajo" en su novela más famosa, Oliver Twist. Por su parte, Engels definió estas casas de trabajo como auténticas prisiones, tanto que el pueblo las llamaba poor-law Bastilles, las 'Bastillas' de la ley de pobres.



En 1834, el Parlamento inglés reformaba la vieja "ley de pobres" con el fin de adaptarla a las necesidades de la industria en plena expansión. ¿Cuál sería a partir de entonces el fin de las work houses? Pues no otra cosa que disciplinar a la fuerza de trabajo inglesa. Las casas de trabajo eran definidas por los propios reformadores como "deterrent workhouses", casas de trabajo terroristas. Su objetivo era que las condiciones de vida fueran tan espantosas que nadie acudiera a ellas de forma voluntaria, prefiriendo aceptar cualquier condición de trabajo, por mala que fuera, antes que "vivir de la beneficencia".

Así pues, lo que se ha definido tantas veces como una actividad altruísta, no era más que una forma de represión de una clase sobre otra, con el fin de extraer a la clase sometida el máximo de provecho.

Salvando las distancias que dan las leyes y el tiempo, en la práctica pocas cosas han cambiado. Se sigue considerando al pobre como causante de su pobreza. Continúa teniendo amplia difusión social la idea de que las personas que reciben asistencia social son unos "vagos". Y se están introduciendo ideas como el "copago", que ponen en cuestión el acceso universal a derechos como la sanidad pública. La amenaza de acabar en la calle, sin trabajo, sin vivienda y sin dinero sigue funcionando para presionar a la baja sobre los salarios y sobre las condiciones de trabajo de la mayoría de la población.

Es por esta razón que la asistencia social es la gran descuidada de las administraciones públicas. Un estudio revela que en nuestro país, donde existen 3 millones de viviendas vacías, hay entre 25.000 y 30.000 personas sin hogar, de las cuales unas 6.500 carecen de todo techo, es decir, viven en la calle. Sólo un 16% tiene acceso a ingresos proporcionados por las instituciones públicas.

El darwinismo social que reinó durante los peores periodos de la industrialización está nuevamente en boga. Al igual que entonces, la riqueza de una persona es considerada un signo de prestigio y de éxito, amagándose cualquier otra consideración moral sobre su origen (véase si no el éxito de ciertos programas de televisión sobre cómo viven los ricos). Lo más lamentable es que los niveles de desigualdad social no han dejado de crecer en los últimos años, incluso durante los periodos de mayor crecimiento económico, lo cual demuestra que el modelo vigente es incapaz de satisfacer las necesidades básicas de todos, algo que está empezando a plantearse de forma cada vez más abierta.

Los viejos conceptos de caridad y beneficiencia han sido sustituidos por los más modernos de filantropía y voluntariado, pero siguen teniendo los mismos fundamentos "morales" que la tradicional caridad. Nuevamente, ha de ser la burguesía quien debe resolver los mismos problemas que ha creado; contradicción que muy poca gente denuncia a pesar de su evidencia. La responsabilidad de los poderes públicos se delega en manos de grandes magnates del estilo de Bill Gates o en grandes estrellas del rock del estilo de Bono, que, con todos sus millones, van a salvar a la humanidad de todos sus problemas, incluyendo el cambio climático.

Resolver los problemas de la exclusión social pasa, en cambio, por poner fin a las causas que la generan. La mayoría de estas causas son económicas, o tienen un trasfondo socio-económico. La exclusión social -lo que digo puede parecer una perogrullada- se produce porque hay desigualdad social; entonces, ¿por qué se tiende a desligar de los planteamientos económicos los objetivos sociales como si no tuvieran nada que ver? ¿En otras palabras, de qué sirve que la economía crezca si ello no se traduce en una mejora de las condiciones de vida de toda la población?

Para ello hacen falta cambios radicales en la política fiscal, en la política monetaria y en las políticas de creación de empleo. Todas estas ONG's creadas a partir de la iniciativa privada para parchear los fenómenos de exclusión social que genera el sistema capitalista no serían necesarias si el estado cumpliera con su obligación de redistribuir entre la sociedad una riqueza creada por la propia sociedad, porque está claro que no son los millonarios los que, con su trabajo, nos mantienen al resto, sino al contrario. Si hay ricos, es porque hay trabajadores que son explotados por ellos. No nos engañemos respecto a la verdadera naturaleza del capital. Son los millonarios los que viven del cuento, no la gente con problemas de trabajo, de vivienda, o de salud. Y, repito, es al estado a quien corresponde garantizar el derecho de una vida digna para todos.

A la vista está que este mandato no se está cumpliendo.

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