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1 feb 2011

La traición de (los dirigentes de) CCOO y UGT

oscar martínez

Escribo esto desde la consternación por los recientes acontecimientos, pero también desde la constatación de que mis peores temores se han visto confirmados. CCOO y UGT han llegado a un acuerdo con el gobierno y la patronal que legitima la “reforma” de las pensiones, alargando la edad de jubilación de los 65 a los 67 años y aumentando el periodo de cotización de 35 a 37 años (o 38 años y medio si el trabajador quiere jubilarse a los 65). Tanto el gobierno como la patronal han visto cómo sus expectativas se han visto cumplidas. Pero no sólo eso. Su victoria no se reduce a haber conseguido sus inmediatos objetivos en cuanto a las pensiones (al fin y al cabo, eran medidas que se iban a adoptar con, o sin, el consentimiento sindical). Algo mucho más importante se ha logrado: que el panorama de confrontación social abierto a partir de mayo de 2010 como consecuencia de los brutales ataques al estado de bienestar que viene padeciendo este país desde hace cosa de poco más de un año quede, por el momento al menos, neutralizado. Gobierno y patronal han conseguido meter en vereda a los dos sindicatos mayoritarios, dejando a los demás sindicatos (los que se oponen al acuerdo, me refiero) en la incómoda y nada envidiable posición de aquellos que son señalados como “radicales” (aunque, en el fondo, estos sindicatos pidan cosas para nada radicales, como el derecho a una pensión digna). Y como todo lo que huele a “radical” en este país queda automáticamente desacreditado, se puede decir que ya no va a haber (por el momento, repito, ya veremos cuánto dura esto) oposición sindical alguna a la política de hechos consumados que está practicando el gobierno.

Pero eso no es todo. Por si no fuera suficiente constatar la derrota que, gracias también a la colaboración de sus dirigentes sindicales, acaba de padecer la clase obrera española (esa misma clase obrera que hizo una huelga general en contra de la reforma laboral y de las pensiones, esos 10 millones de trabajadoras/es, en palabras de un dirigente de CCOO, que secundaron el paro), los argumentos que emplean las dos centrales sindicales para justificar el acuerdo que han firmado con gobierno y patronal, son absolutamente vergonzosos y dignos de un relato de Kafka.

Cándido Méndez, secretario general de UGT, e Ignacio Fernández Toxo, de CCOO, firman conjuntamente un artículo que podéis encontrar en la página web de CCOO. Es un documento histórico, digno de preservar en los archivos de la memoria de este país, porque en él se recogen las razones oficialmente aducidas por estos dos sindicados para firmar este acuerdo. Y se trata de “razones” significativas porque permiten constatar cuánta diferencia hay entre el discurso de ahora y el de antes, entre las razones para convocar una huelga general y las “razones” esgrimidas para alcanzar este pacto ignominioso que, más que un pacto, es un armisticio.

El texto no tiene desperdicio y es digno de estudio para alguien que pretendiera seguir un curso sobre Maquiavelo. Méndez y Toxo comienzan elevando el acuerdo sobre pensiones a todo un “Pacto de Estado” -y cito- “que preserva del debate electoralista y el conflicto social la esencia misma de nuestro Estado de Bienestar: las pensiones.

Ooooh! Así que era eso. Ahora lo entiendo, por fin. Lo que se pretende con este acuerdo es quitar argumentos a la Derecha para ayudar al PSOE a ganar las próximas elecciones generales (y, de momento, evitar al máximo la previsible debacle que tendrá este partido en los comicios de mayo). Ello exige eliminar del debate político el espinoso tema de las pensiones, para lo cual nada mejor que los dos grandes sindicatos se bajen los pantalones (se bajen del burro, del guindo, como queráis) y firmen lo que haga falta. O sea, lo verdaderamente importante no son las pensiones, sino los intereses electorales del PSOE, un partido que se ha ganado a pulso el descrédito político que padece actualmente, debido a que, con sus ataques al estado de bienestar, ha minado su base social, ésa misma que le debe proporcionar los votos necesarios para poder competir con un PP que se sabe vencedor (no por méritos propios, todo hay que decirlo).

UGT y CCOO (éste último haciendo los buenos oficios del comparsa) se convierten así en sostenedores de un gobierno que ha hecho todo lo humanamente posible para granjearse el odio de la clase obrera española, esa misma que dice representar (por lo de “socialista” y “obrero”, quiero decir).

Sigamos. Toxo y Méndez continúan con su discurso vacío de ideología, empleando un lenguaje aséptico, neutral, para nada “radical”, que pretende hacernos creer que lo del estado de bienestar y, concretamente, las pensiones, son algo, en el fondo, “técnico”, nada que ver con cosas como la “lucha de clases”, sino todo lo contrario, son fruto de la “negociación”, que se eleva a los altares de la historia del movimiento obrero por encima de algo que se considera bajo, vil, no deseable: la lucha social.

La seña distintiva de todas estas reformas [sobre las pensiones] ha sido la de la negociación y los acuerdos amplios en el ámbito político (Congreso) y en el social (con sindicatos y empresarios). Esto ha hecho posible que todas ellas hayan estado presididas por la lógica del equilibrio, que sólo puede derivarse del debate y el acuerdo entre quienes representan el conjunto de intereses que conforman lo que llamamos "el interés general". Hemos demostrado sobradamente que la negociación no significa inacción, sino todo lo contrario.

Detengámonos un momento a comentar este párrafo porque tiene su miga. ¿”Lógica del equilibrio”? ¿Qué lógica del equilibrio es ésa que están aplicando nuestros “agentes sociales”? ¿Alguien me puede decir en qué ha cedido la otra parte, el empresariado, en este llamado, sin ningún pudor, “Pacto de Estado”? ¿Qué sacrificios está haciendo la clase empresarial para compensar los que está imponiendo a la clase obrera? ¿Dónde está el “equilibrio”?

¿Y en cuanto al “interés general”? ¿Qué significado podemos darle en las circunstancias actuales? ¿Se preserva el interés general reduciendo la cuantía de las pensiones (como los propios sindicatos firmantes del pacto denunciaban hace pocos días), o es más bien al contrario, se preserva el interés particular de unos pocos, que verán como sus beneficios empresariales crecerán gracias a este pacto?

Y respecto a lo de la inacción... en fin. Si vamos a movilizarnos para alcanzar este tipo de acuerdos (quiero que se me entienda bien: no estoy despreciando la negociación en sí, sólo el resultado de esta negociación en concreto) no vale la pena tanto esfuerzo, la verdad.

Pero lo peor que puede pasar no es que se haya firmado un acuerdo con el enemigo de clase, que deja prácticamente intactas sus exigencias, sino que se ha acabado por adoptar sus “razones” y usar su mismo lenguaje. Su victoria es total.

Desde el movimiento sindical somos conscientes de que las reformas del sistema de pensiones son necesarias, pero no para calmar a los mercados (como está argumentando el Gobierno) sino para garantizar la calidad de las pensiones y preservar sus niveles de protección en el futuro como consecuencia del reto demográfico y financiero que deben afrontar.

Eso mismo decían el gobierno “socialista”, la banca y la patronal (y el PP): que la “reforma” de las pensiones (la reducción de las pensiones, hablando en propiedad) es necesaria para preservar el sistema público de pensiones. Falacia donde las haya, como han demostrado los profesores de economía Juan Torres y Vicenç Navarro en su libro titulado “¿Están en peligro las pensiones públicas?”, donde demuestran que es falsa la tesis (elaborada desde los think tanks de la banca privada) según la cual el sistema público de pensiones es insostenible debido al “envejecimiento de la población”, a lo que estos autores responden que sería así si no se tuviera en cuenta el crecimiento de la productividad, como debería hacerse si fuéramos honestos intelectualmente hablando.

Parecía que los dos grandes sindicatos pensaban lo mismo que Juan Torres y Vicenç Navarro cuando llamaron a la clase obrera española a luchar por lo que es suyo (pues las pensiones no son un regalo de nadie, son un salario diferido, pagado con las cotizaciones a la Seguridad Social), pero ¡qué pronto han olvidado sus palabras! (y es que se atrapa antes a un mentiroso que a un cojo). En un acto organizado por CCOO y UGT de Sevilla, en el que se presentaba el libro citado, el secretario general de CCOO de Andalucía, Francisco Carbonero, dijo:

"… las pensiones son la conquista de los trabajadores, y por tanto, un objetivo del que pretende apropiarse el mundo financiero (...) por ello, debemos luchar por la viabilidad del sistema de pensiones, y el único modo es a través de la creación de verdaderos puestos de trabajo y sobre todo, acabar con esa enorme economía subterránea".

Carbonero para nada menciona que se deben aumentar los períodos de cotización para garantizar el pago de las pensiones, si os fijáis.

Carbonero acabó su intervención agradeciendo a los autores del libro por "escribir la realidad del sistema de pensiones, que CCOO no parará de defender". Sin comentarios.

En la era de Internet es fácil comprobar con qué rapidez cambian las cosas echando un vistazo a las páginas web corporativas. Los dirigentes de CCOO y UGT no han tardado nada en adoptar su discurso a la nueva realidad, en la que ellos han pasado de ser líderes sindicales con millones de trabajadoras/es pendientes de sus decisiones, a mamporreros del sistema capitalista, como ellos mismos afirman con sorprendente sinceridad al final de su artículo:

Nuestro objetivo es garantizar la sostenibilidad del sistema [léase capitalista] y la cohesión social [léase rendición social de la clase obrera].

Aunque antes, Toxo y Méndez nos dan una lección de coherencia al decir esto que sigue:

Es posible mejorar la protección social y asegurar la sostenibilidad del sistema sin recurrir a meros recortes de derechos, actuando de forma equilibrada sobre los ingresos, los gastos y la equidad interna del sistema de pensiones; mejorando su contributividad, la protección social de las mujeres y los jóvenes como alternativa a la reducción del gasto.

¡Qué morro tienen algunos!

3 ene 2011

La cultura obrera según Engels

A los que hayáis leído "¿La cultura de masas es realmente libre?, me gustaría recomendaros que leyeráis también unos fragmentos que he escogido de un libro interesantísimo de F. Engels: "La situación de la clase obrera en Inglaterra".

En este libro, Engels describe con todo lujo de detalles las condiciones de vida y de trabajo de los obreros y obreras ingleses, pero no sólo eso. En la escuela nos enseñaron a ver este libro desde esta única perspectiva pero si lo leéis (cosa que os recomiendo) Engels nos enseña mucho más de la idiosincrasia del proletariado inglés de mediados del siglo XIX. Engels nos habla de algo que pasa totalmente desapercibido (y no por casualidad) en los programas "educativos" actuales: la cultura obrera.

En la escuela nos han convencido de que la clase obrera no tenía, no tiene, cultura propia. Que ésta le viene siempre de arriba, que la recibe de forma pasiva y en forma degradada de las "clases cultas". Engels desmiente todas estas ideas falsas. Los obreros gozaban en su tiempo de un interés por la cultura mucho mayor de lo que nos pensamos. La cultura obrera estaba muy activa y los obreros conscientes (los socialistas, los cartistas) se desvivían por conservarla y acrecentarla, y esto era fuente de gran preocupación para la burguesía, que hizo todo lo que pudo para impedir que los obreros se instruyeran y se independizaran del control que ejercía la Iglesia (las diferentes iglesias en el caso de Inglaterra) sobre la escuela.

En fin, me callo y os dejo con Engels:

"En el informe de la Children's Employment Commission millares de pruebas atestiguan (...) que ni los cursos diarios ni los dominicales [impartidos por las diferentes sectas religiosas inglesas] responden en absoluto a las necesidades de la nación. Ese informe ofrece pruebas de la ignorancia que reina entre la clase trabajadora inglesa y que no se esperaría ni en países como España o Italia. Pero ello no podría ser de otro modo; la burguesía tiene poco que esperar, pero mucho que temer de la formación intelectual del obrero. En su presupuesto colosal de 55 millones de libras esterlinas, el gobierno ha asignado la ínfima suma de 40.000 libras esterlinas para la instrucción pública; y, de no ser por el fanatismo de las sectas religiosas, cuyas fechorías son tan importantes como las mejoras que aporta aquí y allá, los medios de instrucción serían todavía más miserables.

En efecto, la iglesia anglicana funda sus National Schools, y cada secta sus escuelas, con la única intención de conservar en su seno a los niños de sus fieles, y si es posible raptar de vez en cuando una pobre alma infantil a otras sectas. La consecuencia de ello no es sino la religión, y precisamente el aspecto más estéril de la religión: la polémica es elevada a la dignidad de disciplina por excelencia, y la memoria de los niños es atiborrada con dogmas incomprensibles y con distinciones teológicas; lo antes posible se estimula en el niño el odio sectario y la santurronería fanática, mientras que toda formación racional, intelectual y moral es vergonzosamente descuidada. Repetidas veces los obreros han exigido del parlamento una instrucción pública puramente laica, dejando la religión a los curas de las diferentes sectas, pero todavía ningún gobierno les ha concedido tal cosa."

Págs. 175-176.

"Afortunadamente, las condiciones en que esa clase vive le dan una cultura práctica, que no solamente sustituye el fárrago escolar, sino que anula los efectos perniciosos de las ideas religiosas confusas de que está compuesto, y que incluso sitúa a los trabajadores a la cabeza del movimiento nacional en Inglaterra. La miseria enseña al hombre a defenderse, y lo que es más importante, a pensar y a obrar. El trabajador inglés que sabe apenas leer y todavía menos escribir, sabe muy bien sin embargo cuál es su propio interés y el de toda la nación; sabe asimismo cuál es el interés muy particular de la burguesía, y lo que tiene derecho a esperar de esa burguesía. Si no sabe escribir, sabe hablar, y hablar en público; si no sabe contar, sabe lo bastante sin embargo para hacer, sobre la base de nociones de economía política, los cálculos necesarios para atravesar de parte a parte y refutar a un burgués partidario de la abolición de la ley de granos; si a pesar del trabajo que se toman los curas, las cuestiones celestes siguen siendo para él muy oscuras, le resultan muy claras las cuestiones terrestres, políticas y sociales."

Págs. 178-179.

Las diferentes fracciones de obreros (...) han creado por sus propios medios un gran número de escuelas y de salas de lecturas para elevar el nivel intelectual del pueblo. Cada institución socialista y casi cada institución cartista posee un establecimiento de ese género, y numerosos sindicatos siguen igualmente ese ejemplo. Se imparte a los niños una educación verdaderamente proletaria, exenta de todas las influencias burguesas, y en las salas de lectura se hallan casi exclusivamente periódicos y libros proletarios. Esos establecimientos representan un peligro muy grave para la burguesía, que ha logrado sustraer cierto número de institutos de ese género (...) a la influencia del proletariado y transformarlos en instrumentos destinados a extender entre los obreros los conocimientos útiles a la burguesía.”

En ellos se estudian las ciencias de la naturaleza que distraen a los obreros de su lucha contra la burguesía, y pueden proporcionarles los medios de hacer descubrimientos que producirán dinero a los burgueses -mientras que el conocimiento de la naturaleza en realidad no tiene actualmente ninguna utilidad para el obrero, porque con frecuencia ni siquiera tiene ocasión de ver la naturaleza en la gran ciudad donde vive, ya que es esclavo de su trabajo. Se predica asimismo la economía política, cuyo ídolo es la libre competencia, de donde resulta solamente que, para el obrero, no hay nada más razonable que dejarse morir de hambre con tranquila resignación. Toda la educación que se imparte tiende a hacerlo dócil, flexible, servil con respecto a la política y a la religión reinantes, de modo que para el obrero no es más que una continua exhortación a la obediencia tranquila, a la pasividad y a la sumisión a su destino. Naturalmente, la masa de los obreros no quiere saber nada de esos institutos, y se dirige a las salas de lectura proletarias (...)

Con frecuencia he oído a trabajadores harapientos hablar de geología, de astronomía y de otras cosas con más conocimiento de esas materias que muchos burgueses alemanes cultos. Y lo que muestra hasta qué punto el proletariado ha sabido adquirir una cultura propia, es que las obras modernas que hacen época en filosofía, en política y en poesía son leídas casi únicamente por obreros. El burgués, criado servil del régimen social existente y de los prejuicios que el mismo implica, se asusta y se persigna ante todo lo que es susceptible de constituir un progreso. El proletario mantiene los ojos abiertos ante esos progresos y los estudia con placer y éxito. A este respecto, los socialistas sobre todo han aportado una contribución inconmensurable a la cultura del proletariado; ellos han traducido las obras de los materialistas franceses: Helvetius, Holbach, Diderot, etc., y las han difundido en ediciones económicas al lado de las mejores obras inglesas. La Vida de Jesús, de Strauss, y La Propiedad, de Proudhon, se han divulgado igualmente sólo entre el proletariado. Shelley, el genial y profético Shelley, y Byron, con su ardor sensual y su sátira amarga de la sociedad existente, cuentan entre los obreros su público más numeroso; los burgueses no poseen sino ediciones castradas, las family editions, que se han adaptado al gusto de la moral hipócrita del día. Los dos más grandes filósofos prácticos de los últimos tiempos, Bentham y Godwin, son asimismo, sobre todo este último, la propiedad casi exclusiva del proletariado; aunque Bentham también ha hecho escuela entre la burguesía radical, únicamente el proletariado y los socialistas han logrado derivar una enseñanza progresista de su doctrina. Sobre esas bases el proletariado se ha formado una literatura propia, compuesta sobre todo de folletos y de periódicos cuyo valor supera con mucho a toda la literatura burguesa."

Págs. 327-328.