10 sept. 2013

Democracia y punto

Democracia y punto
El papel de los comunistas en la lucha por la democracia
oscar martínez

Me perdonarán si empiezo con Marx. Soy marxista, qué le vamos a hacer. En 1848 Marx y Engels publican el Manifiesto del Partido Comunista, y en este panfleto político ambos subrayan su profundo compromiso con la lucha democrática. De hecho, llegan a identificar la revolución del proletariado con la conquista de la democracia (algo que sorprenderá a más de uno):

... el primer paso de la revolución obrera lo constituye la elevación del proletariado a clase dominante, la conquista de la democracia.” (1)

Los autores del manifiesto no sólo eran demócratas convencidos, sino que veían la revolución democrática como el medio mediante el cual el proletariado acabaría transformando la sociedad. Por aquel entonces, Marx y Engels formaban la parte más activa del ala comunista de la democracia internacional. Según ellos los comunistas debían trabajar codo con codo con los partidos demócratas, como los cartistas en Inglaterra, y también debían procurar la unidad de acción de todos los demócratas europeos (2), en lo que supondría un antecedente claro de la futura Internacional. Marx y Engels escribieron en 1846 una carta al líder de los cartistas, O'Connor, mostrándole su total apoyo en nombre de los “comunistas democráticos alemanes” (3). Engels colaboró como redactor de La Reforme, el diario de la democracia revolucionaria francesa. Y en 1847 Marx era el vicepresidente de la Asociación Democrática de Bruselas (4) siendo enviado por ésta a Londres como delegado para participar en la “Asociación fraternal de demócratas” (5). En su discurso, Marx dijo:

Los demócratas de Bélgica sienten que los cartistas de Inglaterra son los verdaderos demócratas y que el camino del mundo hacia la libertad estará abierto en el momento en que hayan realizado los seis puntos de su programa (entre esos seis puntos se hallaba el sufragio universal masculino). ¡Lograd esta gran meta, trabajadores de Inglaterra, y seréis considerados como los redentores de toda la humanidad!” (6)

Para Marx y Engels la revolución democrática, como primer paso de la revolución social, debía llevarse a cabo mediante la unión de obreros, campesinos y “pequeños burgueses” (pequeños propietarios, artesanos, comerciantes, sometidos como las clases desposeídas a la opresión de clase de los grandes propietarios) en contra de los intereses de la minoría privilegiada. Eso sí, le correspondía al proletariado nacido del capitalismo moderno el papel de dirigir la futura revolución en beneficio de toda la sociedad, pero sin olvidar que la conquista de la democracia era el primer paso, y no pequeño por cierto (7).

Hasta tal punto era esto importante que el nacimiento del socialismo “científico” precisamente se produce cuando los comunistas y los socialistas más lúcidos -como lo eran Marx y Engels- deciden lanzarse a la arena de la lucha por la democracia, deciden politizarse, y abandonar todo utopismo:

el «socialismo» y el «comunismo» sólo se hicieron temibles políticamente cuando aparecieron fundidos o aliados con la tradición republicana de la democracia revolucionaria” (8)

Pero, ¿qué significaba, a mediados del siglo XIX, llevar a cabo “la conquista de la democracia”, la revolución democrática? ¿Y por qué ahora, a comienzos del siglo XXI, somos incapaces la mayoría de identificar el marxismo -o comunismo, tanto da- con la democracia, sino al contrario, con su opuesto, la dictadura? Para responder a tales preguntas, de importancia vital en los tiempos que corren, debemos hacer un poco de memoria.

En primer lugar debemos aclarar qué significaba la democracia, no sólo para los fundadores del marxismo, sino también para el resto de los demócratas que lucharon en las barricadas en 1848-49. El marxista Arthur Rosenberg describió el sentido genuino de la democracia como sigue:

el de la lucha de las masas contra la aristocracia y no en la licuación de una democracia formal, que no aspira a otra cosa que al sufragio general, el gobierno de la mayoría, no importa cómo se logra la misma, y que busca solamente una actividad política con medios pacíficos dentro del marco de las leyes. Ciertamente que el mismo derecho de sufragio pertenece también a las exigencias de la más reciente democracia, pero con todo, no era la esencia de la democracia política en sí.” (9)

Si nos fijamos bien, la distinción que hace Rosenberg entre “democracia genuina” y “democracia formal” es de rabiosa actualidad. Actualmente vivimos bajo regímenes políticos en los que hay pluralidad de partidos, que pueden presentarse libremente a elecciones, entendidas éstas como mecanismos legítimos para que el pueblo todo (sin distinción de clase, sexo o raza) pueda elegir -también libremente- a sus representantes. ¿No es esto lo que querían en 1848 los cartistas ingleses, los demócratas franceses, belgas, alemanes, etc.? Pues sí. Y no. Querían esto, pero no sólo. Querían además que tales representantes obedecieran sin rechistar a sus representados, les rindieran cuentas y pudieran ser controlados en todo momento por éstos. Podemos preguntarnos con toda honestidad si, después de un siglo de generalización del sufragio universal en Europa Occidental, efectivamente es así. ¿Podemos realmente afirmar sin temor a inducir a engaño, que los sistemas políticos actuales cumplen tales condiciones? ¿Que los gobiernos democráticamente elegidos cumplen la máxima democrática según la cual deben obedecer al interés general? A las pruebas me remito. La manera en que nuestros gobernantes están afrontando la crisis (sin excepción en ningún país europeo) indica para quien tenga ojos y quiera ver, que por encima del bienestar general priman los intereses particulares de unos pocos, que es mil veces más importante el pago de la deuda a quienes causaron la crisis y fueron rescatados del desastre con el dinero de todos, que la salud, la educación o el trabajo de la mayoría de los miembros de la sociedad. Es evidente, por no decir indiscutible, que la democracia como tal no existe, que es un mero espejismo, que el sufragio universal por sí solo no basta para formar una mayoría política capaz de darle la vuelta a la tortilla y devolver el poder al pueblo, el legítimo soberano.

El porqué es una larga historia y necesitaría un libro de varios cientos de páginas, no un breve artículo como éste. Si alguien quiere profundizar no tiene más que acudir a las referencias bibliográficas que se citan aquí. Pero podemos avanzar algunas ideas al respecto. En primer lugar, que la democracia es más antigua, mucho más, que el capitalismo (10), al cual se le suele unir en un maridaje bastardo y repugnante, pues nada hay más opuesto a ella. El propio sufragio universal, por ejemplo, fue una conquista pagada con sangre por las clases populares, temido durante largos años por las clases propietarias, y no una graciosa concesión de éstas. De hecho, tuvieron que adaptarse a él -una vez fue imposible volver atrás en países con larga tradición democrática, como Francia o Inglaterra-, y retener el poder político formando partidos políticos de masas, preparados para mantener a raya y lidiar con el sempiterno temido enemigo: el pueblo, y en especial sus partes más conscientes y consecuentes (11). En otros lugares, en cambio, no pudieron, y echaron mano del fascismo y el nazismo para mantener intactos sus privilegios, como nuestros antepasados pudieron comprobar en propia carne en 1936. Pero en ningún lugar la democracia fue completa. Bajo su paraguas se lograron grandes cosas -logros inestimables que estamos perdiendo a ojos vista-, pero a lo máximo que llegó el proletariado fue a compartir el poder con la clase dominante, no a conquistarlo todo para sí.

Siempre retuvieron los grandes propietarios, los capitalistas, los oligarcas, una cosa que es imprescindible para que haya democracia genuina, en el sentido de Rosenberg y de Robespierre (12): la propiedad, considerada un derecho sagrado, hasta cierto punto inviolable por cualquier otro poder, ya fuera el estado o el propio movimiento obrero. Y manteniendo el control de la propiedad de los bienes de producción, mantuvieron, en última instancia, el control del poder político, lo cual echaba por tierra la premisa de cualquier democracia auténtica.

Para llegar a esto tuvieron que pasar varias cosas. En primer lugar -quizá lo más importante de todo- gran parte de la izquierda llegó a olvidar la milenaria tradición política de origen republicano, según la cual la libertad política va inextricablemente ligada a la propiedad (13). Únicamente aquellas personas que son económicamente independientes -en la práctica una parte muy reducida de la sociedad-, aquellas que poseen propiedades suficientes para no tener que depender de nadie, son libres, es decir pueden intervenir en la vida política sin que sus decisiones se vean condicionadas por nadie (14). Así era durante la República de Roma, cuando las instituciones republicanas se vieron sometidas a relaciones de patronazgo y los ricos y poderosos utilizaban su poder económico para monopolizar el poder político (15). Y así es ahora, cuando los lobbies dominan la actividad de los parlamentos y los gobiernos se dejan “asesorar” por comités de expertos nombrados y pagados por bancos y grandes conglomerados empresariales. La mayoría de políticos actuales son “clientes” de los ricos y poderosos, como lo eran los tribunos de la plebe romanos.

Por tanto, la democracia no puede nunca llegar a ser completa sin proporcionar a la mayoría desposeída los medios necesarios para procurar su subsistencia, de modo tal que: 1) pueda tomar decisiones sin verse coaccionada por poderes privados suficientemente fuertes e independientes del poder político; 2) pueda tener suficiente tiempo libre para dedicarlo a los asuntos comunes, saliendo de la “idiocia”, es decir interesándose por la política, y no viéndola como algo ajeno, e incluso hostil a sus intereses. La verdad es que la clase dominante no desea otra cosa que alejar lo más posible del mundo político a la gran masa desposeída, convirtiendo a propósito el juego político en algo nauseabundo y moralmente obsceno, cuando no incomprensible. En otras palabras, una cierta -como mínimo- redistribución de la riqueza es imprescindible para que haya democracia. Por eso la clase capitalista dominante desea con todas sus fuerzas acabar con los mecanismos de nivelación social hasta ahora existentes, para acabar con todo rastro de democracia y concentrar en sus manos todo el poder, no sólo por razones económicas, sino también políticas (que la prensa suele dejar de lado).

En segundo lugar, la conquista de la democracia no es posible sin que el proletariado se alíe con las otras clases no propietarias, o bien con aquellas que siéndolo, se vean amenazadas de ser desposeídas por el avance inexorable del capitalismo en el mundo. Ése precisamente fue el gran error de la socialdemocracia europea en el siglo XIX, creer que podía por sí sola hacer la revolución sentándose a esperar a que el capitalismo acabara con todas las demás clases, hasta dejar sólo dos: proletarios y capitalistas (16). Ello no llegó a ocurrir nunca y el capitalismo supo reaccionar hasta conseguir aislar entre sí a sus potenciales enemigos de clase. Recordemos las enseñanzas de Marx y Engels al respecto. Hoy en día las clases medias se ven reducidas en número por la crisis y por los cambios en la división del trabajo producidos por el capitalismo, pero nunca hasta el punto de llegar a desaparecer. Mientras esto sucede, los bienes comunes, como el agua, los bosques y hasta el propio aire (el medio ambiente, en definitiva), se ven privatizados y arruinados hasta el agotamiento, algo que perjudica por igual a proletarios y clases medias, una buena razón para luchar unidos en contra del capitalismo depredador (17).

En tercer lugar, la democracia no puede verse reducida a un intercambio periódico de elites (18). Un verdadero “contrato social” implica la no cesión de soberanía del verdadero y legítimo soberano, el pueblo trabajador. En aquellas facetas de la vida política donde no sea posible una intervención directa del soberano, éste debe conservar en todo momento su control sobre los delegados que escoja. Marx así lo vio al analizar magistralmente el experimento social y político que supuso la Comuna de París de 1871 (19). Determinó que la tristemente tergiversada “dictadura del proletariado” debía acabar con el poder despótico del estado. ¿Cómo?: haciendo revocables y nombrados directamente por el pueblo a todos los cargos públicos, proporcionándoles un sueldo digno, pero no mayor que el de un obrero cualificado, eliminando el papel político represor de las “fuerzas del orden”, arrancando la educación del pueblo de manos de la Iglesia (una asignatura pendiente en este país) y constituyendo el proletariado en armas, de forma que ningún ejército mercenario pudiera ser utilizado en su contra por la clase dominante. Por último, pero quizá lo más importante, obligando a cumplir su mandato a los cargos electos, lo cual prohíbe, por cierto, la Constitución española vigente (20).

Efectivamente, nos encontramos con el problema central de la democracia limitada que nos han acabado imponiendo. ¿Cómo podemos decir que el pueblo es soberano si éste no tiene manera de hacerse obedecer por los políticos? Las elecciones son un cheque en blanco entregado al portador del poder político, el cual se ve más influido por los grandes poderes financieros y empresariales que por quien, en teoría, ha delegado el poder en su propio beneficio. Lo único que en la práctica puede hacer el pueblo es cambiar de vez en cuando a sus representantes, pero una vez elegidos, éstos son libres de cumplir -o no- su programa electoral. No existe ejemplo más palmario que la gran estafa electoral del Partido Popular, quien se presentó a las elecciones de 2011 con la promesa de crear empleo, no abaratar el despido, no reducir las pensiones y no rescatar a los bancos con dinero público. Pues bien, ha incumplido cada una de estas promesas y, sin embargo, sigue gozando de una mayoría absoluta que le da plena libertad para desmantelar el estado del bienestar español, sin que la oposición pueda hacer prácticamente nada siguiendo los cauces institucionales. ¿Es esto democracia? Si se lo explicáramos a un marciano, seguro que tendría claro que no lo es en absoluto.

Siguen siendo válidas, por tanto, las palabras de Arthur Rosenberg. El sentido de la democracia genuina -que tiene más de 2500 años de antigüedad- poco tiene que ver con el sentido socialmente aceptado hoy en día, pero cada vez más contestado por la gente de a pie. Nosotros, los marxistas, fuimos los primeros que recogimos la tradición democrática republicana y le aportamos lo necesario para adaptarse a las nuevas condiciones socioeconómicas del capitalismo moderno del siglo XIX. Podemos reivindicar con orgullo, por cierto, la democracia como una de nuestras más firmes convicciones políticas. En el Oeste fueron miles de militantes de todos los partidos comunistas quienes dieron sus vidas por acabar con la opresión nazi-fascista, cuyo más claro propósito era acabar con la democracia y con el socialismo. En el Este fueron millones, pero además, una vez acabada la más brutal guerra de la historia, proporcionaron el contrapeso que el Oeste necesitaba para construir el estado del bienestar, un amago de democracia social que trajo prosperidad para una gran mayoría y mucha libertad también (habría sido posible la revolución sexual, el ecologismo, etc., sin ello?). Sería faltar a la verdad que en el Este había democracia, pero no porque la revolución bolchevique no la buscara en un principio (que la buscó) (21), sino porque fue un régimen en guerra constante con el poder capitalista, un estado de guerra bajo el cual difícilmente puede crecer y florecer el poder del pueblo (por cierto, una guerra que también afectó muy negativamente a la democracia estadounidense, hasta volverla irreconocible).

Hemos cometido errores. Fueron errores que muchas veces acabaron en crímenes, pero ¿qué ideología política no tiene en su historial actos criminales? Quizá el principal error haya sido ceder la democracia a nuestros enemigos, creer que era una añagaza, cuando era nuestra principal baza (22). Confiar en el sistema fue el otro error; dejarnos guiar por las reglas de un juego que no habíamos diseñado nosotros, sino que había sido fruto de un pacto firmado sobre las tumbas de millones de trabajadores y trabajadoras muertos. Quizá no supimos aprovechar la ocasión, quizá ya habíamos tenido bastante sangre y no queríamos más. ¿Quién puede echarle en cara eso a nadie? Pero aquí y ahora las circunstancias son otras. Por primera vez en la historia una revolución pacífica es posible (23). Por primera vez en la historia el capitalismo no podrá presentarse como democrático, y nosotros, en cambio, sí podemos.

¿Qué podemos aportar, nosotros los comunistas, a la lucha por la democracia en el siglo XXI? Mucho. Para empezar, como ya hemos tenido ocasión de vislumbrar con Marx y Engels, una visión republicana, genuina, sin contaminar, de la misma democracia. Venimos de una tradición política muy antigua (24), que se remonta a la Atenas efiáltica (25), hasta llegar a la democracia plebeya de Robespierre y Saint Just, pasando por las repúblicas medievales del Mediterráneo, las revoluciones campesinas norteuropeas del siglo XVI, las reivindicaciones igualitarias de los levellers y los diggers durante las revoluciones inglesas del XVII y las ideas ilustradas que llevaron a la Constitución radicalmente democrática de 1793, cuyos principios recogió e hizo suyos el proletariado francés en 1848, justamente el año de la publicación del Manifiesto Comunista.

Por todo ello es nuestro primer deber denunciar esta democracia vigente -ya moribunda- como una democracia falsa, restringida, mutilada, una democracia que no reconoce la mayoría de edad del pueblo, que impide el ejercicio real de la soberanía popular, que convierte al ciudadano libre en ciudadano tutelado por poderes que se le escapan, que no goza del control efectivo sobre sus mandatarios, justamente porque eso es imposible mientras siga estando sujeto a la dictadura del capital. ¿Qué tenemos, en cambio? Un régimen político donde la mayoría de cargos públicos obedecen a intereses particulares y buscan su medro personal, más que el bien común de la ciudadanía. Donde el ejercicio de la actividad política se entiende más como una oportunidad de enriquecimiento, que como un servicio público hacia los demás. Prevenirse contra el abuso de poder de los hombres de estado fue la primera advertencia que encontramos en las declaraciones de los demócratas robersperrianos, algo que, al parecer, hemos olvidado. Nosotros, los comunistas, debemos incidir en ello. Debemos insistir que en la vida política no caben, deben ser expulsados de inmediato, castigados ejemplarmente, aquellos individuos que no entienden su cargo como un acto de servicio desinteresado. Es el ciudadano el que debe mandar, y el funcionario público el que debe obedecer. ¿Decir esto es ser antipolítico, demagogo, protofascista? En absoluto, es todo lo contrario. Es ser político con mayúsculas. En la Declaración de Derechos que sirve como preámbulo a la Constitución de 1793, su artículo 30 lo dice muy claro:

Les fonctions publiques sont essentiellement temporaires ; elles ne peuvent être considérées comme des distinctions ni comme des récompenses, mais comme des devoirs” (26)

No pueden ser consideradas recompensas... y, sin embargo, lo son. Un ex-ministro que, justo después de dejar el cargo (muy bien pagado, por cierto), es fichado por una multinacional debería estar en la cárcel, porque resulta harto evidente que ha estado trabajando para intereses particulares mientras ejercía como supuesto servidor público. Marx y Engels también nos previnieron contra ello (perdón por la extensión de la cita, pero vale la pena):

La Comuna tuvo que reconocer desde el primer momento que la clase obrera, al llegar al poder, no podía seguir gobernando con la vieja máquina del Estado; que, para no perder de nuevo su dominación recién conquistada, la clase obrera tenía, de una parte, que barrer toda la vieja máquina represiva utilizada hasta entonces contra ella, y, de otra parte, precaverse contra sus propios diputados y funcionarios, declarándolos a todos, sin excepción, revocables en cualquier momento. ¿Cuáles eran las características del Estado hasta entonces? En un principio, por medio de la simple división del trabajo, la sociedad se creó los órganos especiales destinados a velar por sus intereses comunes. Pero, a la larga, estos órganos, a la cabeza de los cuales figuraba el poder estatal, persiguiendo sus propios intereses específicos, se convirtieron de servidores de la sociedad en señores de ella. Esto puede verse, por ejemplo, no sólo en las monarquías hereditarias, sino también en las repúblicas democráticas. No hay ningún país en que los «políticos» formen un sector más poderoso y más separado de la nación que en Norteamérica. Allí cada uno de los dos grandes partidos que alternan en el Gobierno está a su vez gobernado por gentes que hacen de la política un negocio, que especulan con las actas de diputado de las asambleas legistativas de la Unión y de los distintos Estados federados, o que viven de la agitación en favor de su partido y son retribuidos con cargos cuando éste triunfa.” (27)

Estas palabras definen a la perfección la situación actual, demuestran que la lucha por la democracia sigue siendo una asignatura pendiente, que debemos denunciar a los falsos demócratas como lo que son y, por supuesto, ni hablar de confabularnos con ellos en contra del pueblo. Debemos, como en 1848, fundar una alianza de verdaderos demócratas en todos los países. ¿Y cómo distinguir unos de otros? Es fácil. Aquellos partidos que exigen al pueblo enormes sacrificios “por su propio bien”, mientras prestan a los ricos ayudas públicas en forma de subvenciones, rescates y exenciones, enriqueciéndolos todavía más, éstos no son demócratas de verdad. A éstos, ni agua. Hagan cuentas.

Democracia y punto.


Septiembre de 2013

NOTAS:

1. OME 9, Manifiesto del Partido Comunista. Crítica, 1978. Pág. 156
2. Arthur Rosenberg, Democracia y socialismo. Ed. Claridad, Buenos Aires, 1966. Pág. 64
3. Ibid. Pág. 57
4. Ibid. Pág. 63-64
5. Ibid. Pág. 68
6. Ibid. Pág. 69
7. Ibid. Pág. 62
8. Antoni Domènech. El eclipse de la fraternidad. Crítica, 2003. Pág. 110
9. Rosenberg. Pág. 19
10. Domènech. El eclipse... Págs. 37-38
11. Ibid. Págs. 235 y 240-241
12. Ibid. Págs. 81-82: “¿Cuál es el primer fin de la sociedad? Mantener los derechos imprescriptibles del hombre. ¿Cuál es el primero de esos derechos? El de existir. (..) la propiedad no ha sido instituida, ni ha sido garantizada, sino para cimentar aquella ley.” Maximilien Robespierre, 1793, citado por Domènech.
13. Ibid. Pág. 59
14. Daniel Raventós. Les condicions materials de la llibertat. El Viejo Topo, 2007
15. Domènech. El eclipse... Págs. 58-59
16. Ibid. Págs. 146, 189 y 210
17. Madrilonia.org. La Carta de los Comunes. Para el cuidado y disfrute de lo que de todos es. http://www.traficantes.net/sites/default/files/pdfs/La%20Carta%20de%20los%20Comunes-Traficantes%20de%20Sue%C3%B1os.pdf
18. Gerardo Pisarello. Un largo Termidor. La ofensiva del constitucionalismo antidemocrático. Ed. Trotta, 2011
19. Marx y Engels. La guerra civil en Francia. Págs. 36-37
20. “Los miembros de las Cortes Generales no estarán ligados por mandato imperativo.” Constitución Española de 1978. Art. 67.2.
21. Domènech. El eclipse... “El programa revolucionario internacional del Lenin «comunista» de 1920, lo mismo que su estrategia «socialdemócrata» para Rusia entre 1905 y 1917, rompía con el legado socialdemócrata ortodoxamente marxista del período de la seguridad, para enlazar sorprendentemente con la tradición democrático-social revolucionaria del marxismo originario.“ Pág. 281
22. “La locución “democracia burguesa”, que hoy suena tan “marxista”, no se halla
ni una sola vez en Marx o en Engels; a ellos, como al grueso del socialismo del
siglo XIX, y no digamos del liberalismo burgués europeo continental, expresamente antirrepublicano y antidemocrático, les habría sonado a oxímoron.” Antoni Domènech. “Democracia burguesa”: nota sobre la génesis del oxímoron y la necedad del regalo. http://www.vientosur.info/articulosabiertos/VS-100-11-domenech-democraciaburguesa.pdf
23. Rafael Poch, Àngel Ferrero y Carmela Negrete. La quinta Alemania. Icaria, Barcelona, 2013. Pág. 101
24. Pisarello. Un largo Termidor. Pág. 21
27. La guerra civil en Francia. Pág. 7. Introducción de Engels a la edición de 1891

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